03 octubre, 2013

Por fin te encontré

Diría que un día despiertas, y de repente el mundo que conoces está a miles de kilómetros, y las personas a tu alrededor les da por hablar con un acento gracioso, más bien como queriendo ser incomprendidos, pero esta historia es una de esas que se escriben cuando ni si quiera puedes engañar a los parpados con un té verde caliente a la luz de las farolas del edificio del frente.

Harán dos semanas desde que llegué a Málaga, España. Una ciudad andaluza de poco más de 600 mil habitantes y declarada la capital de La Costa del Sol. Ubicada al sur del país, hace alarde del Mediterráneo que moja sus costas con ese sabor particular de la Europa del sur. Y aún con todo esto, hasta ahora me atrevo a escribir.

De nuevo en el aeropuerto, una tarde lluviosa de septiembre en San José, con mi familia y con aquel viejo compañero, que mientras no tiremos del gatillo antes de que lo hagan otros, seguiremos siendo amigos. Ligero de equipaje, una mochila, la cámara y una pequeña maleta aparte para no tener que separarme de algunas otras cosas que, de otra forma, me mantendrían preocupado durante todo el viaje. Entre ellas mi computadora, un libro de Aldous Huxley, música y los documentos más importantes. ¡Oh Madrid! Ese era mi primer destino. Madrid. Cuantos años habré soñado con ese momento, cuantas canciones habré escuchado y cuantas historias imaginadas han sucedido en Madrid, ¡Oh, mi Madrid!

“¡Que mae! ¿Para dónde vas?” Me preguntaba el tipo de al lado que como ya sabrán, era tico también. Fue buena compañía durante las nueve horas de viaje, nos tomamos algunos cafés y me adelantó algunas de las rarezas con las que me encontraría en España. Estábamos aún adormecidos cuando ya se podía ver cómo nos acercábamos al final de viaje. Presagio de esto era la gran cantidad de vegetación seca y amarilla producto del fuerte verano en la península. De aquel paisaje verde y lluvioso que me despidió en mi país, me encontraba ahora con eso y me enteraba entonces que ya estaba tan lejos de mi casa que se hizo imposible despegar la mirada de la ventanilla.

Ya estábamos en Madrid, aquella infraestructura moderna me sorprendía, subí a un pequeño metro automático que funcionaba dentro del aeropuerto y aquello me entretenía como a un niño inocente que juega con burbujas de jabón en el parque del barrio o en alguna calle peatonal en el centro de la capital. Mauricio, el mae del avión, me acompaño hasta encontrarme con Leandro, amigo del amigo, y ya ves, no hace falta entrar en tanto detalle sobre su procedencia. El caso es que Leandro, bombero en el aeropuerto de Madrid-Barajas, me recibió, me ayudó a cargar las maletas y se ofreció a llevarme hasta la estación donde aún tendría que tomar un tren o un autobús hacia Málaga, el destino final.



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Septiembre 2013. Aeropuerto Internacional Madrid-Barajas.

Tenía dos opciones, un tren de alta velocidad que duraba aproximadamente dos horas hasta Málaga, o viajar en bus por menos de la tercera parte del precio pero con seis horas de viaje. Además, tendría que esperar hasta las 5:00 pm y para ese momento eran las 12:00 pm. Toda esa información la había averiguado Leandro para mi llegada, creo que la suerte y encontrarse con personas así son indispensables para cualquier viajero. Yo he tenido ambas cosas. Llegué a España sin tener casi nada planeado, y ahora me doy cuenta que de no ser por las personas que me he encontrado a mi camino, no planear nada habría sido un gran error. En fin, para ahorrar dinero y tener algunas horas para echar un vistazo al centro de Madrid, decidí esperar hasta las 5:00 pm. Leandro me ofreció su casa para tomar un baño y dormir un poco si así lo deseaba, pero la verdad es que a pesar del cansancio y del mal olor que habría de tener, me fui a conocer la ciudad. 

Empezamos el recorrido en la estación Méndez Álvaro hasta Puerta del Sol, por fin conocí el metro, escenario de recuerdos y casa de fantasmas, dónde el columpio intermitente entre un sí o un no se convierte en arrepentimiento, aquel lugar donde se juntan los caminos y el mar es apenas un sueño de verano boquerón, allí donde siempre regresa el fugitivo, dónde las personas apresuradas me pedían espacio para que no las dejara el siguiente metro. Las historias pasaban por mi cabeza como una cinta de película vieja, todo en blanco y negro, me inventé mil reencuentros y despedidas, mil soledades. No pude dejar de ver una canción en cada mirada, en cada espacio lleno o vacío, siempre me encontraba con algo. Kilómetro Cero, apenas el comienzo de los días que habrían de venir.



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Septiembre 2013. Alguna estación del metro de Madrid.

Salí por la boca del metro donde me recibió el centro de Madrid, con el sol pegando fuerte sobre el paso apresurado de los lugareños, cálido apenas sobre los turistas que alegres se tomaban fotos y salían a tomarse una cerveza, apenas por un euro. Leandro me hablaba y me contaba todo lo que sus años ahí le habían enseñado, nunca dejó de hablar y de contarme cosas nuevas ni yo de escuchar, estaba impresionado y a cada palabra un sueño cumplido: "¡Qué bueno estar en casa, vuelvo a Madrid!" Amo Madrid y amo Rosario, incluso antes de conocerlas, así como amo cada rincón del mundo porque me pertenece, como nosotros al mundo, no a la historia y al destino que algunos quisieron escribir por nosotros. Amo Málaga por darme la alegría de encontrarme con un nuevo hogar y nuevos hermanos, amo Latinoamérica que me enseñó a luchar, a creer que un mundo mejor es posible, y fue así como todo esto empezó.



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Septiembre 2013. Volveré a Madrid y pondré nombre a esta fotografía.

Cerca de la plaza comimos unas tapas típicas de España, acompañadas por una caña y con cada nueva caña, la chica morena de la barra nos servía una tapa más. Caminamos luego hasta Plaza Mayor, Gran Vía, algunos parques más que disfrazaban el verano con delicados y muy cuidados jardines, donde la gente corría y salía a caminar con sus mascotas, otros se sentaban a leer un poco y a conversar. Leandro y yo nos despedimos en la estación en que habíamos iniciado el paseo, y a pesar del buen rato que pasamos, fue una despedida tímida, como si hubiésemos entendido que probablemente nunca más volveríamos a encontrarnos en un viaje similar. 



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Septiembre 2013. Estación de Atocha, Madrid.

Se hace tarde, se acercan las 4:00 am y el segundo té que me he preparado ha empezado a entorpecer mis manos, tal vez no sea hora para seguir escribiendo. La música se empeña en inspirar y en obligarme a quedarme aquí, sentado junto a la ventana con vista a la calle, en primera fila para observar a los estudiantes borrachos que pasan frente a mi edificio y a las chicas, también borrachas, que me tientan a bajar y emborracharme también. Bienvenidos a mi calle, vivo en una segunda planta del número seis, calle Comedias, en el Centro Histórico de la ciudad de Málaga. 


Buenas noches.


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