03 mayo, 2016

Un par de zapatos

Viajaríamos al día siguiente y por dignificar aquellos caminos que caminaríamos juntos y todos aquellos que apenas habíamos imaginado, me fui a comprar un par de zapatos.

Habían de marca, altos, bajos, claros y oscuros. Cada uno perfecto para alguna circunstancia diferente colocada entre la infinidad de aventuras que a los dos nos esperaban. Ella se dejaba llevar y yo nunca me he cansado de caminar.

La duda comenzaba a calar hondo: los baratos pero bonitos y prácticos o los más caros, también bonitos pero.... Pero más caros. Probablemente me durarían más y como teníamos pensado una vida juntos, tampoco era una mala idea.

Decidí comprar los más baratos. Eran, para ser honesto, mucho más cómodos. A la primera, eso sí, se rayaron un poquito y supe que definitivamente no vivirían por mucho tiempo.

A día de hoy seguimos juntos. El par de zapatos y yo.

Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo - Cd. México.

15 junio, 2015

Rebelión en Hamelin: crónica de un concierto o una buena excusa para volver a escribir

Había pasado ya hora y media desde las primeras canciones de Ismael Serrano (y no me pregunten sobre los detalles del orden y las historias) cuando desde un tercer o cuarto piso del teatro una amiga me escribía un mensaje sobre su incontrolable sentimiento de emoción y nostalgia que junto a unas cuantas chicas más, también terminaría en lágrimas: “¿Cómo compite uno con eso?” Le reprochó alguna vez Pablo Iglesias a Ismael en uno de sus encuentros.

Lo cierto es que la noche del sábado 13 de junio en el Teatro Popular Melico Salazar, en San José, unas cuantas personas que acudimos a La Llamada tuvimos la oportunidad de conocer otros mundos, sentir otras emociones, entender de formas muy distintas nuestras realidades. Un espectáculo de luces y sonidos (y esta vez sí que lo fue) que nos transportó en un viaje de ida y vuelta a otros tiempos, un escenario que se mezcló con todas las historias, reales e imaginadas, que siempre tiene que contarnos este gran autor.


En aquel teatro, aquella noche, hubo lluvias, hombres de hojalata, estrellas, peces de ciudad, relojes gigantes poniendo en evidencia la batalla casi siempre perdida contra el tiempo, hubo cerdos y lobos, ratones y flautistas, hubo una Big Band acompañando algunas canciones y sugiriéndonos dejar de lado el pudor y animarnos al baile donde sea que estuviéramos sentados. En aquel teatro hubo historias de amor, algunas imposibles, poesía, canto, hubo estrellas y palacios, hubo asamblea, y hubo un grito, más bien muchos, de quienes estamos cansados, de quienes queremos que el miedo, por fin, cambie de bando.



El concierto fue, en definitiva, un llamado a la esperanza, a creer que un mundo mejor es posible y que de hecho (que de hecho, repito) ya está siendo posible. Los ciudadanos no se han conformado con la indignación y con salir a las calles a reclamar lo que les corresponde. Este fin de semana dos de las principales ciudades de España, Madrid y Barcelona, han recibido a sus nuevas alcaldesas, dos valientes mujeres con un historial impecable en la lucha por construir una sociedad más justa, lo que supone reconstruir el sentido común no como una utopía solo merecedora de soñadores idealistas, sino como una cuestión de voluntad ciudadana y política, donde es posible recuperar la institucionalidad y ponerla, como se ha dicho ya muchísimas veces, al servicio de la gente.


¡Ay, Antonio! Que cuando uno está al borde de la desesperanza siempre hay algo o, en este caso, alguien, que nos recuerda que si “vivir es bueno, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Historias de dragones que se obsesionan por cometas con siluetas y formas como reflejos, hombres encantados y conformes con sus propios espejismos, temerosos de ir más allá y enfrentar lo místico, de intentar, al menos intentar, convertir todos aquellos sueños en una realidad. Un reclamo que espero no puedan hacerme nunca nuestros hijos, que si hay que vivir es casi una obligación hacerlo con grandeza, es casi una obligación construir nuestro propio relato como generación, un relato digno, reunir todas nuestras tristezas y cambiar vidas, cantar nuestras canciones, acorralar a los gatos asesinos y flautistas mentirosos, bailar, y apoderarnos de la alegría como la más valiosa herramienta para mantener la lucha y la resistencia, defenderla, ante todo, y como decía Benedetti, como una trinchera.



Convengamos, entonces, fragmentar los fantasmas que casi todos llevamos dentro, renunciar a caminar impasibles y aceptar que podemos ser protagonistas de una historia memorable donde quepamos todos, convengamos, en todo caso, despertar.

24 abril, 2015

Historias de la ciudad - La parada

Eran las 8 de la mañana, y como casi todos los días, ya iba tarde hacia el trabajo. Mis planes e intenciones no se llevan bien con mi voluntad de madrugar.

La parada llena como siempre: los oficinistas, los cajeros, los estudiantes, los guardas de seguridad, los maestros... de todo y más de uno que nunca se sabe si viene o si va, la cara que llevan es la misma que pondría yo si a mi equipo le hicieran un gol sobre el minuto 90 en la final de la copa del mundo. Cada día con el mismo cansancio e insatisfacción, que difícil debe ser perder una final todas las mañanas. 

El caso es que en medio del todo aquel grupo multicolor se encontró mi mirada con la suya. Le lancé una sonrisa, sin previo aviso, ni a ella ni a mí mismo, no supe nunca de donde me surgió tal atrevimiento, pero lo hice y ella me lanzó una de vuelta. Las dudas que se cuelan producto de aquella simpleza te sorprenderían, y no por las dudas, que no son más que una tontería, sino por la cantidad de estupideces revoloteando en la cabeza, que no deja de serlo también. No sabré nunca si me reconoció de algún lugar o tiempo, si fue solo amabilidad, o si tenía los mismos deseos que yo, que no se los cuento porque podría nunca terminar esta historia.

Pasaron algunos minutos y con ellos muchos autobuses hacia diferentes lugares. La gente en la parada fue cambiando, pero ella y yo seguíamos ahí, inmutables. Mi asiento cansado pero no más que sus piernas por no encontrar nunca el momento justo para sentarse. Nos sonreímos una vez más, llegó su autobús y apenas detrás se detuvo el mío, ella se subió sin dejar de mirarme, yo me subí al mío sin poder evitar corresponder su gesto. 

Solo pensé: "Mae, ¡que cobarde que sos!" Gol en contra sobre el minuto 90 para el resto del día.

12 abril, 2015

Las cosas que me hacen olvidar

Tarde fresca de un tímido otoño, que se acerca, acaricia, pero nunca se desnuda. Deberían escuchar alguna vez a un malagueño advirtiendo sobre el invierno que viene después. Con esa risa nerviosa de voz cortada, con la tristeza de saber que dormir y salir a tomar una caña no volverá a ser igual, y lo peor y lo que más me asusta, de saber que las chicas de piernas largas y piel radiante no volverán a vestir como si el sol planeara elegir a su acompañante entre todas las mujeres de la ciudad. Tenemos suerte, es hoy y no mañana.

Regresando de mis clases en la facultad en Teatinos, aún con un poco de luz, pasé a la panadería a comprar algo para acompañar el café al llegar a casa. Y estas son las cosas que más disfruto escribir, contar y recordar. Antes de mí, una señora tierna y vieja, que pedía siempre algo más cuando ya le iban a cobrar, todos alrededor nos reímos un poco y la vieja vaciló asegurando que faltaba poco para llevarse toda la panadería en una bolsa. Después, el señor que pidió tres de los últimos cuatro croissants. La joven que nos atendía sonrío y se ruborizó diciendo: "Por uno más no se va a acabar el pan. Nadie ha visto nada, aquí no ha pasado nada". Así que echó uno más y el señor que no pudo disimular la gracia que aquello le hacía se dispuso a pagar el croissant extra que llevaba, la chica solo contestó: "No pasa nada".

Todavía sonriendo, por fin había llegado mi turno. Pedí unas donas que vendían a tres por 1,50 euros y mi acento no pasó desapercibido. La chica extrañada se asomó un poco más y prestando más atención leyó en voz alta la frase de mi camiseta: “Hecho en Costa Rica".

– ¿Eres de ahí? –me preguntó sintiendo que aquello era una pregunta tonta.
– Si –contesté un poco riendo.
– ¿En serio? –dijo sorprendida– Yo soy 100% malagueña.
– ¿Ah si? Yo vivo aquí a la vuelta, estoy haciendo un intercambio en la universidad.
– ¡Ah bueno! pues a ver si vienes más seguido, ¿no? –me dijo mientras me daba el cambio.

Tomé el cambio, las tres donas para el café, y salí por la puerta sintiendo que aquello había absorbido todo lo demás, al menos por uno minuto, el mundo se había reducido a la vieja que antojada pedía cada vez más pan para llevar, al señor y el crimen perfecto de la chica que quiso regalarle un croissant y lo hizo, y finalmente, el lugar de donde vengo como un secreto a voces que algunos no tienen reparo en revelar. Estas son las cosas, las pequeñas cosas, que me hacen olvidar -este mundo absurdo que muchas veces no sabe a dónde va.

31 diciembre, 2014

Nuestra historia - Repaso de un año y agradecimiento

Hoy que finaliza un año, que se acaban algunos ciclos y otros nuevos que apenas comienzan. Hoy que surgen apenas las primeras ideas para los siguientes viajes, que han cambiado tanto los planes que ya tenía, y que intento, de la mano de otros, buscar maneras y respuestas para cambiar el mundo, aunque ese cambio a veces parezca ser insignificante. Que más da... somos soñadores.

23 diciembre, 2014

Historias de la ciudad - El taxista y la Virgen María

Él me levantaba cada día a las 5 de la mañana, bien es sabido que "a quien madruga, Dios lo ayuda". Durante los días de vacaciones cuando yo era apenas un carajillo de 8 años, lo que me hacía más feliz era preparar mis maletas para quedarme algunos días en casa de mis abuelos, en Coronado. Mi abuelo siempre fue muy religioso, y casi tan ingenuo era su deseo de vernos (a mí o a mi hermano mayor, Javi) convertidos en sacerdotes o desempeñando algún oficio similar, como el mío de ver a Costa Rica levantar la copa del mundo en Brasil. Puedo asegurarles que La Sele estuvo más cerca de conseguirlo.

27 agosto, 2014

Historias de la ciudad - Lo más Rock & Roll de por aquí

Pude correr, salir en busca de aquella sonrisa. Pude escribirle otra vez, preguntarle dónde estaba, en qué sitio se había metido. Pude ir y besarle una mejilla, la otra justo después, pude besarle los labios sin su permiso. Una bofetada para poner todo en su lugar no es tan grave cuando han pasado tantos años como pasan las nubes, disimulando la alegría y la tristeza con su torbellino blanco.

Cuando quise coincidir con ella, me vi perdido hasta escuchar su voz apenas en un susurro diciéndome: "Por fin viniste, te estaba esperando". Y así, en uno de esos bares con tantas historias como gente tomando su cerveza en medio de la calle, fue donde bailamos una vez más. Apenas una de las grandes cosas que pasan siempre, o casi siempre, en los bares maltrechos de por aquí.