Recuerdo la canción que dice que atarse de manos también es libertad. Esto lo cantó el mexicano Edgar Oceransky, hace ya algunos años, en San José, donde tuve la oportunidad de escucharlo en un concierto acústico junto a mi hermano Dani Chaves. Bien ya lo había dicho Jean-Paul Sartre mucho tiempo atrás, que los hombres, y con esto quiero decir, la humanidad en general, estamos condenados a ser libres. No es entonces apresurado ni disparatado asumir que ser preso no tiene, del todo, una connotación tan negativa como pensamos, pues a final de cuentas, es algo con lo que tenemos que lidiar cada día, y en el mejor de los casos, aprender a disfrutar y ser feliz bajo esa condición. De eso se trata esta pequeña prosa, inspirada en alguna celda de esta extraña pero agradable prisión que es vivir.