22 marzo, 2014

Como un disparo andaluz

De Andalucía sabía lo que saben mis abuelos del internet, solo que existía. Este recorrido fotográfico resume algunos de mis viajes por esta comunidad autónoma de España, al menos en los que pude fotografiar o sentí la necesidad de hacerlo. Algunos sitios me producieron cierta indiferencia. Uno de ellos es la ciudad de Huelva, donde estuvimos durante algunas horas mientras esperábamos el siguiente bus hacía Faro, ciudad al sur de Portugal, en nuestro viaje hasta Lisboa. Fueron más emocionantes las conversaciones sentados al lado de la estatua de Cristóbal Colón que cualquier fotografía que se me pudiera ocurrir, así que guardé mi cámara y no disparé más. Algunos otros sitios, aunque no podía evitar enamorarme en cada esquina, tampoco se dejaron fotografiar. Granada es uno de esos sitios, que con la buena compañía y la comedera de tapas, me hizo olvidar y guardar la cámara, así que tampoco disparé más. Bienvenidos a Andalucía, España, espero disfruten este viaje como lo disfruté yo. Quizá algún día podamos volver y disparar (balas de cartón y de luz), atrapar todas aquellas fotografías que aquellos días no se dejaron atrapar y visitar todos aquellos sitios que aún no se dejaron descubrir y explorar.

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Como un disparo andaluz: Córdoba

Media ciudad aún dormía y la otra mitad despierta apenas bostezaba cuando salí de casa hacia la estación. Todavía no eran tan frías las mañanas y todavía me quedaba un buen dinerillo en el bolsillo. Así, compré billete de ida y vuelta hacia la ciudad de Córdoba, esa entrañable ciudad que me dejó el recuerdo de un primer viaje dentro de España y la épica experiencia de mi visita al Patio de Columnas del Palacio de Viana, lugar donde Luis Eduardo Aute grabó su concierto Humo y Azar.

Ese día me sentí culpable, culpable de no sentirme extraño. Culpable de sentir como si aquello no fuera un viaje sino un regreso, culpable en fin. Mientras tanto el sol seguía calentando mi brazo derecho cuando cruzaba las tierras áridas que separan la siempre calidad ciudad de Málaga de la milenaria Córdoba, pensaba además en todos esos sueños de Madrid y Barcelona (las batallas perdidas y las alegrías que llegan solo con imaginar) que nunca se acabarán. Ya habrán escuchado que hay besos de esos que cuando te los dan, reviven a un muerto. Y allí, en ese hermoso país, yo había renacido.

Este álbum representa mi recorrido por las calles de Córdoba, el Puente Romano, La Mezquita, los jardines del Palacio de Viana, el Alcázar de los Reyes Cristianos y algunos más de sus rincones y paisajes.

Como un disparo andaluz: Gibraltar

Gibraltar pertenece oficialmente al Reino Unido, sin embargo, está ubicado en territorio ibérico, al este de la bahía de Algeciras. Esa extraña combinación de ibéricos y británicos sugiere que todo aquello no es más que una puesta en escena para ofrecer el mundo y la calidez que todos los turistas esperan ver. Aún así, reímos con los monos de las alturas y disfrutamos de las vistas que desde ahí se tenían, disfrutamos mucho de aquel interesante desorden cultural. Para llegar a lo más alto de las rocas, superamos el miedo a las alturas -o al menos lo enfrentamos-, nos perdimos en el laberinto de las calles pequeñas y antiguas de la ciudad, pregunté un par de veces: "tenemos dos opciones -como siempre-: la derecha o la izquierda, ¿hacia donde vamos?". Mi amigo, con esa sonrisa cómplice, no dudaba nunca en responder: "Izquierda, ¡claro!".

Como un disparo andaluz: Cádiz

Fue en aquel atardecer de Cádiz cuando me supe roto otra vez, volaron mis manos, mis piernas, al otro lado y a toda velocidad mi cabeza. Recordé cuanto daño hace algunas veces ser cada día un niño y hombre a la vez. Hace daño en un mundo donde ser feliz es cosa de locos, no de responsables y cuerdos. En cada nuevo viaje, en cada nuevo encuentro o en cada despedida, una parte de mi se queda, me hago trizas, me esfumo. Me convierto apenas en un fantasma, de pasos húmedos sobre las calles por haber bailado con el mar, dejo a mi paso migajas de lo que soy y de lo que fui. En Cádiz me sentí libre, conocí sus historias cuando cerré mis ojos frente al mar, vi de cerca morir a miles de indígenas, sentí ganas de llorar cuando el niño negrito fue obligado a rezarle a un dios que nunca conoció, sentí en mis venas la pasión de los pescadores, de los marineros. En esta ciudad todo es una historia, algunas te hacen llorar, otras te hacen cerrar los ojos y desear escuchar el mar y el viento una vez más. Cádiz, más que cualquier otra cosa, es libertad.

Como un disparo andaluz: Ronda

En Ronda tengo tres historias. La primera se escribió cuando apenas tenía una semana de haber llegado a Málaga. Se organizó un viaje para todos los estudiantes de intercambio que iniciábamos nuestra experiencia ese semestre, así que fui a esa pequeña ciudad perteneciente a la provincia de Málaga en un bus lleno de personas desconocidas, todos hablando cualquier otro idioma menos español. Conocí a muchas personas pero solo a una que terminaría por ser un gran compañero de viaje durante mis cinco meses en España, Julian, el chico alemán que me había guiado por las pequeñas y viejas calles de Gibraltar.

La segunda historia, y probablemente una de las más bellas historias en toda esta experiencia (incluyendo todos los viajes pasados y venideros), fue la historia de como volví a sentir el cálido abrazo de una familia cuando Clara, mi compañera de piso en la Comedias, me invitó una noche y dos días a compartir el inicio de un nuevo año con su familia. Un almuerzo exquisito, muchas risas, muchas fotos de tiempos en que fueron tan felices -y nada había cambiado hasta el momento más que la vejez, siguen siendo una familia que no puede evitar transmitir esa felicidad, al menos eso fue lo que me traje de Ronda en aquella oportunidad, felicidad-, historias de todos sus viajes por España y Argentina, una perra asustada por los fuegos artificiales y la promesa de un asado en su casa el próximo verano. Una de las promesas que más me ha dolido romper.

Como un disparo andaluz: Sevilla

Sevilla es la capital de Andalucía, característica que la hacía un destino obligatorio para mi. Esta ciudad tiene para mi dos nombres: reencuentro y despedida. En Sevilla me esperaban las chicas que había conocido en Lisboa (y con quienes había coincidido en nochebuena en Madrid) que ya me habían ofrecido un lugar en su piso durante mi estadía. Llegué a la ciudad justamente los últimos días que las chicas estarían en España. Habían terminado su intercambio y les había llegado la hora de volver a casa. Sentí la nostalgia como si fuera propia. Sentí la despedida como si fuera yo quién tuviera que tomar el avión hasta otro continente. Sentí las lágrimas de Carmen Chew como si fueran las mías. Y aquel día entendí lo difícil que sería el día que llegara mi hora de volver. La mañana que partieron salimos muy temprano de casa, cerca de las 6 a.m., les ayudé a cargar las maletas al taxi, cerramos la puerta de su piso y nos dijimos adiós (pensé: "ojalá, chicas, que volvamos a vernos").

Como un disparo andaluz: Málaga

Salí de la puerta del aeropuerto, busqué el tren de cercanías que me llevaría hasta la estación Málaga Centro Alameda. Mi cara seria, más bien triste. Pensaba en la intensidad del viaje que estaba acabando y del que estaba por terminar. Volver a la ciudad tenía el amargo sabor de una crónica de muerte anunciada. Habían pasado casi cinco meses desde que llegué a Europa, y para ese momento, solo tendría cinco días más para despedirme de los últimos amigos que aún quedaban en Málaga y para preparar mis maletas, regalos, recuerdos, historias. El viernes por la mañana volvería a Costa Rica.

Málaga es como contaban. Imposible no enamorarse de esa ciudad, de su gente, de los locales y de todas las personas que me acompañaron durante mi experiencia de intercambio. Aquella tarde que regresé de mi viaje por Austria y Alemania, y casi dispuesto y obligado a empezar a preparar mi regreso, escribí una carta de despedida que hasta el momento no había publicado, y aunque lamento que este relato se extienda tanto, no podría perdonarme no compartirla ahora. Aquí se las dejo: