Pude correr, salir en busca de aquella sonrisa. Pude escribirle otra vez, preguntarle dónde estaba, en qué sitio se había metido. Pude ir y besarle una mejilla, la otra justo después, pude besarle los labios sin su permiso. Una bofetada para poner todo en su lugar no es tan grave cuando han pasado tantos años como pasan las nubes, disimulando la alegría y la tristeza con su torbellino blanco.
Cuando quise coincidir con ella, me vi perdido hasta escuchar su voz apenas en un susurro diciéndome: "Por fin viniste, te estaba esperando". Y así, en uno de esos bares con tantas historias como gente tomando su cerveza en medio de la calle, fue donde bailamos una vez más. Apenas una de las grandes cosas que pasan siempre, o casi siempre, en los bares maltrechos de por aquí.