04 febrero, 2014

La celda del parque


Recuerdo la canción que dice que atarse de manos también es libertad. Esto lo cantó el mexicano Edgar Oceransky, hace ya algunos años, en San José, donde tuve la oportunidad de escucharlo en un concierto acústico junto a mi hermano Dani Chaves. Bien ya lo había dicho Jean-Paul Sartre mucho tiempo atrás, que los hombres, y con esto quiero decir, la humanidad en general, estamos condenados a ser libres. No es entonces apresurado ni disparatado asumir que ser preso no tiene, del todo, una connotación tan negativa como pensamos, pues a final de cuentas, es algo con lo que tenemos que lidiar cada día, y en el mejor de los casos, aprender a disfrutar y ser feliz bajo esa condición. De eso se trata esta pequeña prosa, inspirada en alguna celda de esta extraña pero agradable prisión que es vivir.

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La celda del parque


Soy preso de mi condición, esa condición de poeta desafortunado, de escritor, de hombre, del éxito y del fracaso. Soy preso del rock and roll, de la música, de la trova, de la política, de las mujeres, de la cerveza servida sin haber terminado la anterior. Soy preso del sentimiento, de cualquier forma de sentimiento, incluso hasta el de no sentir nada, que es el peor de los sentimientos. Soy preso del mar, porque nunca lo tuve y ahora soy preso porque siempre me saluda cada mañana, y me detiene cuando trato de cruzar las montañas... donde quiera que vaya, al otro lado, siempre me vuelve a encontrar.

Es la enfermedad de ser preso la razón por la que existo, pues no elegí nunca vivir, no elegí nunca ser el hombre que soy, y no es que esté disconforme con ello, pero no lo elegí. No elegí ser este hombre de barba tímida y cabellos ondulados. Pasan de mi las morenas y vuelven la mirada las rubias, me sonríen. Y repito, no es que esté disconforme con ello. No elegí ser este hombre pendejo que no puede ni podría nunca estar en la guerra, porque solo fui educado para amar. No elegí nunca ser hombre de aquí o de allá, ni elegí tener un océano a cada lado y vacilar entre el amanecer o el atardecer cada nueva tarde veraniega de diciembre. Y estando tan lejos, hoy me siento hombre del mar, entre África y Europa, la ironía de buscar lo que ya tenía.

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Subiendo a lo más alto de las rocas de Gibraltar, Reino Unido. Territorio ubicado en la península Ibérica, al este de Algeciras.

El mar que sin olas golpea cada segundo las rocas donde los pescadores corren al atardecer a desprenderse de sus pasiones, otras formas de pensamiento. Veo al otro lado las bicicletas del parque, azules y blancas, las huellas sobre la arena, rayas grandes y pequeñas, las huellas del perro, del gato, del viejo, del pájaro apresurado e inquieto, del viajero, veo a los niños que juegan con las cuerdas que cuelgan en las playas del sur, y solo así, entiendo la pasión del pescador por sentarse a esperar y observar.

No elegí nunca ser este pobre ingenuo de la historia, y no pude elegir nunca ser la Luna, el Sol o la Tierra, no elegí nunca ser, y eso es suficiente para sentirse esclavo y preso, maldito, condenado. Preso también de su boca, de sus labios conscientes de mi sudor, de su mirada profunda. Y es razón suficiente para sentirse atado al pecado, al viento, a los ríos, a los árboles, al cielo. Atado a un Cristo que hoy me hace cargar con su cruz, la de soportar sus leyendas y sus profetas.

Soy preso de esta condición de ser pensante, de querer y amar, de desear. Soy preso de los trenes y los barcos, de los pueblos. Soy preso de ver en cada lugar algo distinto, del autoestima, del ego, que reduce la humanidad -la que yo entiendo- a una décima parte de gente respetable, amable, deseable. Soy preso de mi condición de tener que partirme en dos, como Silvio en su canción, preso de ser un loco, en un mundo de locos inconscientes.

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Una de las hermosas vistas desde lo más alto de la Roca de Gibraltar.


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