Los lunes son de almorzar en la facultad. Dos cervezas y olor a cigarro la pareja del frente; yo sonrío con esa mueca complaciente que solo yo, en esta ciudad, entendería. Los lunes son también de promesas repetidas. Después de los algoritmos de Huffman y Welch en mi clase de codificación, salgo por la puerta del salón jurando empezar esta misma semana todos esos proyectos pendientes que me harán, según yo, el emprendedor del año en alguna reconocida revista de algún lugar del mundo. ¡Que emoción!
Cada lunes doy un paso, y un día de estos he de plantearme muy seriamente, como dice la canción, dar al menos diez de un tirón y así dejar de lamentar tantas promesas inconclusas. Mientras tanto, y ya que este lunes va a paso lento y apenas a mitad de camino, me detengo con un exquisito interés a mirar ese extraño certificado que aprueba los alimentos del restaurante para consumo halal; espero mi turno, elijo mi primer y segundo plato, y como no, un café cortado después. ¡Que alegría sentirse tan vivo!

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