15 junio, 2015

Rebelión en Hamelin: crónica de un concierto o una buena excusa para volver a escribir

Había pasado ya hora y media desde las primeras canciones de Ismael Serrano (y no me pregunten sobre los detalles del orden y las historias) cuando desde un tercer o cuarto piso del teatro una amiga me escribía un mensaje sobre su incontrolable sentimiento de emoción y nostalgia que junto a unas cuantas chicas más, también terminaría en lágrimas: “¿Cómo compite uno con eso?” Le reprochó alguna vez Pablo Iglesias a Ismael en uno de sus encuentros.

Lo cierto es que la noche del sábado 13 de junio en el Teatro Popular Melico Salazar, en San José, unas cuantas personas que acudimos a La Llamada tuvimos la oportunidad de conocer otros mundos, sentir otras emociones, entender de formas muy distintas nuestras realidades. Un espectáculo de luces y sonidos (y esta vez sí que lo fue) que nos transportó en un viaje de ida y vuelta a otros tiempos, un escenario que se mezcló con todas las historias, reales e imaginadas, que siempre tiene que contarnos este gran autor.


En aquel teatro, aquella noche, hubo lluvias, hombres de hojalata, estrellas, peces de ciudad, relojes gigantes poniendo en evidencia la batalla casi siempre perdida contra el tiempo, hubo cerdos y lobos, ratones y flautistas, hubo una Big Band acompañando algunas canciones y sugiriéndonos dejar de lado el pudor y animarnos al baile donde sea que estuviéramos sentados. En aquel teatro hubo historias de amor, algunas imposibles, poesía, canto, hubo estrellas y palacios, hubo asamblea, y hubo un grito, más bien muchos, de quienes estamos cansados, de quienes queremos que el miedo, por fin, cambie de bando.



El concierto fue, en definitiva, un llamado a la esperanza, a creer que un mundo mejor es posible y que de hecho (que de hecho, repito) ya está siendo posible. Los ciudadanos no se han conformado con la indignación y con salir a las calles a reclamar lo que les corresponde. Este fin de semana dos de las principales ciudades de España, Madrid y Barcelona, han recibido a sus nuevas alcaldesas, dos valientes mujeres con un historial impecable en la lucha por construir una sociedad más justa, lo que supone reconstruir el sentido común no como una utopía solo merecedora de soñadores idealistas, sino como una cuestión de voluntad ciudadana y política, donde es posible recuperar la institucionalidad y ponerla, como se ha dicho ya muchísimas veces, al servicio de la gente.


¡Ay, Antonio! Que cuando uno está al borde de la desesperanza siempre hay algo o, en este caso, alguien, que nos recuerda que si “vivir es bueno, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Historias de dragones que se obsesionan por cometas con siluetas y formas como reflejos, hombres encantados y conformes con sus propios espejismos, temerosos de ir más allá y enfrentar lo místico, de intentar, al menos intentar, convertir todos aquellos sueños en una realidad. Un reclamo que espero no puedan hacerme nunca nuestros hijos, que si hay que vivir es casi una obligación hacerlo con grandeza, es casi una obligación construir nuestro propio relato como generación, un relato digno, reunir todas nuestras tristezas y cambiar vidas, cantar nuestras canciones, acorralar a los gatos asesinos y flautistas mentirosos, bailar, y apoderarnos de la alegría como la más valiosa herramienta para mantener la lucha y la resistencia, defenderla, ante todo, y como decía Benedetti, como una trinchera.



Convengamos, entonces, fragmentar los fantasmas que casi todos llevamos dentro, renunciar a caminar impasibles y aceptar que podemos ser protagonistas de una historia memorable donde quepamos todos, convengamos, en todo caso, despertar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario