24 abril, 2015

Historias de la ciudad - La parada

Eran las 8 de la mañana, y como casi todos los días, ya iba tarde hacia el trabajo. Mis planes e intenciones no se llevan bien con mi voluntad de madrugar.

La parada llena como siempre: los oficinistas, los cajeros, los estudiantes, los guardas de seguridad, los maestros... de todo y más de uno que nunca se sabe si viene o si va, la cara que llevan es la misma que pondría yo si a mi equipo le hicieran un gol sobre el minuto 90 en la final de la copa del mundo. Cada día con el mismo cansancio e insatisfacción, que difícil debe ser perder una final todas las mañanas. 

El caso es que en medio del todo aquel grupo multicolor se encontró mi mirada con la suya. Le lancé una sonrisa, sin previo aviso, ni a ella ni a mí mismo, no supe nunca de donde me surgió tal atrevimiento, pero lo hice y ella me lanzó una de vuelta. Las dudas que se cuelan producto de aquella simpleza te sorprenderían, y no por las dudas, que no son más que una tontería, sino por la cantidad de estupideces revoloteando en la cabeza, que no deja de serlo también. No sabré nunca si me reconoció de algún lugar o tiempo, si fue solo amabilidad, o si tenía los mismos deseos que yo, que no se los cuento porque podría nunca terminar esta historia.

Pasaron algunos minutos y con ellos muchos autobuses hacia diferentes lugares. La gente en la parada fue cambiando, pero ella y yo seguíamos ahí, inmutables. Mi asiento cansado pero no más que sus piernas por no encontrar nunca el momento justo para sentarse. Nos sonreímos una vez más, llegó su autobús y apenas detrás se detuvo el mío, ella se subió sin dejar de mirarme, yo me subí al mío sin poder evitar corresponder su gesto. 

Solo pensé: "Mae, ¡que cobarde que sos!" Gol en contra sobre el minuto 90 para el resto del día.

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