12 abril, 2015

Las cosas que me hacen olvidar

Tarde fresca de un tímido otoño, que se acerca, acaricia, pero nunca se desnuda. Deberían escuchar alguna vez a un malagueño advirtiendo sobre el invierno que viene después. Con esa risa nerviosa de voz cortada, con la tristeza de saber que dormir y salir a tomar una caña no volverá a ser igual, y lo peor y lo que más me asusta, de saber que las chicas de piernas largas y piel radiante no volverán a vestir como si el sol planeara elegir a su acompañante entre todas las mujeres de la ciudad. Tenemos suerte, es hoy y no mañana.

Regresando de mis clases en la facultad en Teatinos, aún con un poco de luz, pasé a la panadería a comprar algo para acompañar el café al llegar a casa. Y estas son las cosas que más disfruto escribir, contar y recordar. Antes de mí, una señora tierna y vieja, que pedía siempre algo más cuando ya le iban a cobrar, todos alrededor nos reímos un poco y la vieja vaciló asegurando que faltaba poco para llevarse toda la panadería en una bolsa. Después, el señor que pidió tres de los últimos cuatro croissants. La joven que nos atendía sonrío y se ruborizó diciendo: "Por uno más no se va a acabar el pan. Nadie ha visto nada, aquí no ha pasado nada". Así que echó uno más y el señor que no pudo disimular la gracia que aquello le hacía se dispuso a pagar el croissant extra que llevaba, la chica solo contestó: "No pasa nada".

Todavía sonriendo, por fin había llegado mi turno. Pedí unas donas que vendían a tres por 1,50 euros y mi acento no pasó desapercibido. La chica extrañada se asomó un poco más y prestando más atención leyó en voz alta la frase de mi camiseta: “Hecho en Costa Rica".

– ¿Eres de ahí? –me preguntó sintiendo que aquello era una pregunta tonta.
– Si –contesté un poco riendo.
– ¿En serio? –dijo sorprendida– Yo soy 100% malagueña.
– ¿Ah si? Yo vivo aquí a la vuelta, estoy haciendo un intercambio en la universidad.
– ¡Ah bueno! pues a ver si vienes más seguido, ¿no? –me dijo mientras me daba el cambio.

Tomé el cambio, las tres donas para el café, y salí por la puerta sintiendo que aquello había absorbido todo lo demás, al menos por uno minuto, el mundo se había reducido a la vieja que antojada pedía cada vez más pan para llevar, al señor y el crimen perfecto de la chica que quiso regalarle un croissant y lo hizo, y finalmente, el lugar de donde vengo como un secreto a voces que algunos no tienen reparo en revelar. Estas son las cosas, las pequeñas cosas, que me hacen olvidar -este mundo absurdo que muchas veces no sabe a dónde va.

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