12 diciembre, 2013

Pequena e doce luz de Lisboa

Llegamos a Faro una noche fresca de diciembre. Desde Málaga viajamos en auto compartido hasta Sevilla, un café con leche y un bocadillo de jamón serrano y queso ibérico hasta que una hora después nuevamente en auto compartido hasta Huelva, provincia española que limita al oeste con Portugal, ahí tuvimos que esperar por más de cinco horas el siguiente autobús hacía Faro. Por fin en Portugal. Sin mapa ni lengua, y aquella ciudad parecía muerta. Intentamos robar Internet sin conseguirlo y terminamos por memorizar las dos o tres calles que nos llevarían a encontrar algún hostal para pasar la noche. Así empezamos a caminar a nuestra suerte hasta que dios o la virgen iluminó con una farola el rótulo con el nombre de la calle que teníamos anotado en un papel arrugado y que nos llevaría al hostal Casa d'Alagoa. Sobre los hostales diré dos cosas. Duermo mejor y con menos frío que en mi cama en la Comedias. Y además, que cada noche fuera de casa siempre encuentro uno mejor y más barato.

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La diseñadora gráfica californiana tenía cinco meses recorriendo el mundo y se animó a venir a Marruecos con nosotros -uno más de esos planes que nunca se hacen realidad-, los ingleses que con gran razón cantaban a toda voz "Oh baby baby it's a wild world, it's hard to get by just upon a smile" y me decían: "Sabes, yo hablo un poco español". La joven profesora de ciencias de algún colegio en Irlanda sonrió y gritó: "Of course I love Costa Rica... everybody loves Costa Rica" -como no sonreír también-, el rumano, el portugués, la otra chica norteamericana a quien nunca le entendí su inglés a falta de habilidad para seguirle sus pasos -aunque he mejorado mi inglés, deberían ver cuanto he desarrollado también mis movidas para disimular-, y una habitación con dos balcones y vista al parque del frente que me hizo soñar y soñar. Todo esto fue lo que me encontré en aquel lugar, quizá esto me ayude a explicar porqué nunca he dejado de buscar. En las rutas, en las vías y en los hostales cuentan las historias que quiero escribir después.

Dejamos Faro en un tren de esos que viajan hacia el norte. Con 16 euros que costaba el billete hacia Lisboa y una hamburguesa en El Café de Tina nos preparábamos para el nuevo trayecto. Eramos un francés, un alemán y yo, tres idiomas y a veces ninguno nos servía, pero bien aprendimos un par de palabras en portugués y otras más que eran apenas un español torcido, con lo que hicimos de cuando en cuando el intento por hacernos entender. Les sorprendería ver cuanto nos funcionó aquella divertida estrategia, y si que hicimos reír a más de uno.

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El tren apenas entraba a Lisboa cuando vimos aquel maravilloso atardecer desde el puente que une esta gran ciudad con Almada, la ciudad al otro lado del río y un tanto menos bonita. Aunque todavía adormecidos, juramos cruzar el río de nuevo y reencontrarnos con aquel juego de luces y de sombras alguna de las tardes siguientes. Nos bajamos en la estación de Lisboa-Oriente y en la puta vida había visto una estación tan moderna y grande, aquellos edificios tan modernos, la gente vuelta un nudo en esta víspera de navidad y yo me emocionaba sin la más mínima intensión de disimular esta vez. Los chicos conmigo se murieron de risa y más tarde hasta me dijeron "en realidad este sistema de metro no es tan grande". Yo con una sonrisa de "este no sabe lo que dice" contesté "al menos hay un sistema del metro... ¡y además no entiendo por qué putas corre la gente! Tienen un medio de transporte que los lleva a casi cualquier lugar en la ciudad por menos de veinte minutos". ¿Corrían por su desdicha o más bien era de alegría?

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Recorrimos Lisboa de noche en busca de nuestro primer hostal. Por error de la administración obtuvimos una habitación privada y con el dueño del lugar hablamos de fútbol -que el Benfica, que el Sporting- mientras disfrutábamos con suspenso el descubrimiento de los resultados del sorteo de la FIFA para la siguiente copa del mundo. "Qué te puedo decir que tú no hayas vivido, qué te puedo contar que tú no hayas soñado". ¡Que alegría cuando hagamos el gol! Estuvimos en ese lugar una sola noche y a la mañana siguiente nos pasamos al Lisbon Chillout Hostel, donde estuvimos hasta el final de nuestro viaje.

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Salir a caminar por las noches en Lisboa significó para mi recordar, echar la mirada hacia atrás, cuando había soñado con estar ahí. Un día imaginé cuán grandiosos podían ser los escenarios de las canciones que me aprendí de niño, de adolescente, de estudiante. Pensé tantas veces en lo afortunado que fue el poeta y el novelista por ser testigo del movimiento de tantas partículas inventando nuevas formas de sobrevivir, y aún así estar ahí, en el momento justo en que él la besaba, en el momento justo en que las olas se enfurecían con el viento, cuando se apagó la luz de la farola del edificio más viejo, lugar exacto donde pasaban y ella sumó el valor necesario para tomarlo de la mano. Pensé en la suerte que debían de tener por presenciar las despedidas en el puerto que terminaron en fados que nunca encontraron consuelos, por apreciar las gaviotas sobrevolando a los turistas, a los lectores y los guitarristas, todos ellos personajes de la calle, de la vida, de la alegría y la tristeza. En Lisboa lo entendí.

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En aquel lugar me encontré con vistas impresionantes desde los alejados parques que solo se encuentran si mandás a la mierda la guía turística y empezás a caminar, si mandás a la mierda el tiempo y lo que se supone que debés ver y hacer, y disfrutás más del momento. Eso lo aprendí de mi amigo Julian: "hay cosas que no podremos ver, podemos correr, o podemos disfrutar de esto, de lo que tenemos". Nos encontramos con una ciudad segura, un poco calmada, un poco tormentosa y así nos fuimos encontrando cosas hasta que nos vimos perdidos y cansados. Estábamos alejados del centro cuando un joven de apariencia hippie nos advirtió que no siguiéramos más porque podía ser peligroso, nos señaló la estación de trenes más cercana para volver a la "civilización", así que volvimos y tomamos el tren. Nos sentimos afortunados, en el camino vimos lo mejor y lo peor de la ciudad, lo peor que no deja de ser impresionante y realidad también, aunque muchas veces nos quedemos inmóviles, hay ciertas cosas que están en constante movimiento, un movimiento enredado y violento, un movimiento que nunca descansa.

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Enamorados de Portugal y algo perezosos nos despedimos muy temprano de la ciudad. En Albufeira nos veríamos con algunos desconocidos para viajar hasta Málaga en auto compartido. Imaginen esto en una van completamente llena: un conductor malagueño cien por cien andaluz, su amigo, un musulmán marroquí con dos años de vivir en España, un cristiano francés, un alemán amante de la filosofía y yo, de Centroamérica, que en cuestión de religión, ni fu ni fa. Así transcurrieron las horas, hablamos del Barca y del Madrid, del racismo, de la religión, de los acentos, de las mujeres y del sexo. Hablamos de las mejores rutas para visitar el desierto del Sahara, Agadir y Marrakech, hablamos de la política y de la corrupción, de la crisis, de la historia. Hablamos y reímos hasta que acordamos un encuentro de viernes por la noche en algún bar de Málaga para retarnos en un partido de futbolín.

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Juan, el chófer, así lo explicó en algún momento del viaje: "aquí en España, cuando se dice 'quedamos en paz', se quiere decir en realidad que aunque en este negocio o trato yo pierdo un poco más, estoy dispuesto a que así sea para no debernos más y estar bien", y es que de eso se trató nuestro viaje, de quedar en paz a pesar de las diferencias, de sabernos respetar, de conversar, de escuchar y de ser cocientes de cuantas vidas, guerras, religiones y familias han pasado por este mundo para que nosotros cinco naciéramos, en tres continentes diferentes, en cinco países diferentes y con cuatro idiomas nativos distintos. Aún así, fuimos felices, una bofetada al mundo y a la historia sangrienta del ayer y de nuestros días, fue entender en las diferencias una manera más de aprender y de reír.

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Vimos acabado el terrible frío de la capital portuguesa cuando por la noche del lunes los rótulos en la ruta anunciaban la entrada a la capital de la Costa del Sol. Fui tan feliz, y volveré a Portugal a conquistar todos esos sitios que quedaron pendientes, espero que vos, mi amigo lector, aún quieras viajar conmigo.

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