07 enero, 2014

D'aquells dies a Barcelona

Escribo esto en un momento de crisis. A pesar del telediario y de las redes sociales, en esta oportunidad me refiero a una crisis individual, la propia. Un fenómeno que flota entre la creatividad y la necesidad de saltar, nadar en mares más extraños y turbulentos, esa necesidad de ofrecer algo más en lo que escribo. Una cuestión de autoestima quizá. Pero más allá de los bufones necios y, a falta de nuevos argumentos, cada vez menos graciosos, escribir sobre algunas situaciones o experiencias adquieren un sentido necesario que es el de firmar con sangre que alguna vez fuimos tan felices, tan tristes, tan bien acompañados -en cualquier sentido posible-, tan solos, o simplemente tan indiferentes. En Barcelona, sumaron los días en que fui tan feliz -sin olvidar tan agradable compañía-, y de eso se trata este pequeño relato.

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Salí muy temprano de casa, sin dormir, era sábado y yo aún tenía el olor a cerveza de la noche anterior. En cinco minutos preparé mi mochila y tomé el tren hacia el aeropuerto, aquel lugar donde todo puede salir bien o terriblemente mal. Cuando digo mal no hablo de accidentes, sino de la posibilidad de ver frustrada la ilusión de tomar el avión a cualquier otra parte por cualquier error cometido en el proceso. Soy un hombre con suerte, y esta vez todo salió perfectamente.

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En Barcelona me esperaba Silvia, la chica que se había ofrecido a prestarme un lugar en su casa para pasar mis noches en la ciudad. Mi arribo estaba previsto para las nueve de la mañana y ella llegaría a su casa -después de unas merecidas vacaciones- hasta las nueve de la noche, eso significaba que durante 12 horas tendría que merodear por las calles y monumentos de la ciudad, con la mochila colgando de mis hombros pero aún más pesados que mi mochila, los parpados cansados que aún no se recuperaban de la noche anterior -¡pero que gran noche anterior!-.

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Al principio no fue difícil decidir cual sería mi primer visita. Me gusta llegar a las ciudades sin la menor idea de cuales lugares debo visitar, siempre me gustó descubrirlo en el camino. Esta vez no fue tan diferente, excepto que al llegar al aeropuerto corrí al primer centro de información que vi, compré un mapa de la ciudad y un plano de las líneas del metro y casi desesperado busqué con la mirada el único destino que, hasta el momento, era obligatorio para mí, el Camp Nou. Sonreí cuando lo encontré, fue una sonrisa sincera, lloré cuando lo conocí y entré, fue también una sonrisa sincera. No era para menos, es el lugar donde nace el mejor fútbol del planeta desde hace ya muchos años.

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Dormido en una banca de Gran Via Corts Catalanes, escenario de una gran... gran feria de artesanías navideñas, abrazando fuerte mi mochila, y con los pies y hombros hechos trizas de caminar por la ciudad hasta morir, me encontró ese mensaje al móvil que anunciaba que Silvia ya estaba por llegar, adjunta la dirección de su piso y la estación de metro que me llevaría hasta ahí. Nunca me cansaré de decirlo: ¡que bueno estar en casa! Soy un hombre con suerte, y esta vez tuve la suerte de conocer a esta catalana que además de contarme sobre sus viajes y experiencias en la India, me llevó en su moto una vez de regreso a casa: tonterías que me hacen olvidar.

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Esto no es Gran Vía, ¡pero es navidad también!

Tantos enamorados tiene Barcelona. No sé si son sus playas, el cálido sol que obliga al invierno a ser feliz, no sé si es el Mediterráneo de Serrat, las obras de arte de Gaudí, el gran Teatro Liceu en el centro de la ciudad, La Rambla, o si es su equipo de fútbol. Puede que sea su idioma, su magia, el club de jazz que quiso cerrar cuando lo fuimos a visitar, puede que sean los colores otoñales de las hojas muertas en los parques, las luces de navidad, los moros haciendo ruidos extraños con sus bocas, los locos que se atrevieron a no correr y en medio de la gente prendieron la radiograbadora con un poco de instrumental e iniciaron una clase de yoga, o quizá el loco de los títeres, que se atrevió a hacer reír a la gente, por el módico precio de un euro -o un fuerte aplauso-, puede que sea su nombre, Barcelona... cuanto quisiera volver.

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Así recorrí cada rincón de la ciudad, no tantos como para no volver sin sorprenderme, no tan pocos como los que aparecen en el mapa, y así poco a poco se fue acercando la hora de la despedida. Me atreví a jugarle una broma a Catalunya y de Barcelona compré billete de ida hacia Madrid. Soy un hombre con suerte, y en Madrid me esperaban Nochebuena y nuevas buenas compañías, soy un hombre con suerte y entre Barcelona y Madrid, puedo decir que "me sobran los motivos" para escribir y ser feliz.

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Escribo esto en momentos donde algunos me preguntan porqué deberían leerme -"¿qué ofrecés que no ofrezcan ya los demás?"-. No tener la respuesta convierte cualquier intento por escribir en un momento de crisis, en un momento como este. Mientras encuentro un buen argumento, espero que compartiendo mi experiencia logre al menos transmitir un poco de inspiración e ilusión. El mundo es maravilloso, lo es en sus diferencias, en sus similitudes, es los viajes largos y cortos, en la cotidianidad. El mundo es también un lugar, debo decir, cruel y sucio, desorientado casi siempre, y si escribo es quizá para decir, que el mundo es nuestro, no solo el barrio donde nacimos, no solo nuestro idioma, nuestro color de piel, nuestra religión, o la ausencia de ella, y así tan nuestra es la vida también. Exprimí ambas cosas, que a pesar de todo, pueden ser realmente sorprendentes. Si no me creés, hacelo, Vine a Barcelona.

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