Él me levantaba cada día a las 5 de la mañana, bien es sabido que "a quien madruga, Dios lo ayuda". Durante los días de vacaciones cuando yo era apenas un carajillo de 8 años, lo que me hacía más feliz era preparar mis maletas para quedarme algunos días en casa de mis abuelos, en Coronado. Mi abuelo siempre fue muy religioso, y casi tan ingenuo era su deseo de vernos (a mí o a mi hermano mayor, Javi) convertidos en sacerdotes o desempeñando algún oficio similar, como el mío de ver a Costa Rica levantar la copa del mundo en Brasil. Puedo asegurarles que La Sele estuvo más cerca de conseguirlo.
En fin, cada mañana durante mis vacaciones me levantaba y rezábamos un rosario antes de salir en su taxi en busca de aventuras. Para él era solo un montón de gente que iba y venía, para mí, un paseo mágico y emocionante por toda la ciudad de San José. Mi abuelo fue probablemente el taxista más popular del barrio y de la capital por una cosa, su gran afición al Deportivo Saprissa y a la Virgen María. Su taxi estaba lleno de imágenes y bordados haciendo alusión a sus dos pasiones. Nunca faltó el saludo: "¿Cómo estás, santico? ¿Siempre morado?" Y luego de dar el cambio, un "¡Que Dios te bendiga, santico!".
Casi podría decir que fui taxista y devoto apenas a mis 8 años, mi abuelo era para mí el capitán barbudo de un barco rojo que llevaba por bandera el morado y blanco, y por escudo un rosario colgando en el retrovisor, un capitán que no titubeo nunca al decir: "¿Hacia dónde vamos?", y recorrió así cada rincón de San José, muchas veces conmigo dormido en el asiento de atrás, después de muchas horas de navegar y navegar.
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