Sevilla es la capital de Andalucía, característica que la hacía un destino obligatorio para mi. Esta ciudad tiene para mi dos nombres: reencuentro y despedida. En Sevilla me esperaban las chicas que había conocido en Lisboa (y con quienes había coincidido en nochebuena en Madrid) que ya me habían ofrecido un lugar en su piso durante mi estadía. Llegué a la ciudad justamente los últimos días que las chicas estarían en España. Habían terminado su intercambio y les había llegado la hora de volver a casa. Sentí la nostalgia como si fuera propia. Sentí la despedida como si fuera yo quién tuviera que tomar el avión hasta otro continente. Sentí las lágrimas de Carmen Chew como si fueran las mías. Y aquel día entendí lo difícil que sería el día que llegara mi hora de volver. La mañana que partieron salimos muy temprano de casa, cerca de las 6 a.m., les ayudé a cargar las maletas al taxi, cerramos la puerta de su piso y nos dijimos adiós (pensé: "ojalá, chicas, que volvamos a vernos").
En Sevilla me robaron la ilusión de ver un camello por primera vez en los desiertos de Marruecos, o en algún lugar similar. Cuando llegué a la Alameda de Hércules me encontré con una gran feria navideña y ahí, sin aviso, unos camellos cargando a los niños que sonreían impresionados mientras disfrutaban de un viaje mágico sobre aquel animal. Un rato después me encontré con Sami, amiga de la universidad (en Costa Rica) que se encontraba unos días en la ciudad celebrando las navidades con su familia y algunos amigos sevillanos. Así fue como mi paso por Sevilla tuvo también el alegre sabor de un reencuentro. Con ella y su familia volví al Gallo Pinto, después de tantos meses, y al calor del hogar. Luego nos juntamos con una de sus amigas sevillanas y recorrimos la ciudad, probamos nuevas tapas y nuevos montaditos, escuché muchas historias de como habían disfrutado su erasmus en Italia, lugar y ocasión donde se habían conocido. Un café para ponernos al día con nuestros fracasos, alegrías, planes y sueños, y un "hasta luego, nos vemos en Austria" -y sí que cumplimos esta promesa- fueron suficientes para nunca olvidar aquel encuentro.
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