Fue en aquel atardecer de Cádiz cuando me supe roto otra vez, volaron mis manos, mis piernas, al otro lado y a toda velocidad mi cabeza. Recordé cuanto daño hace algunas veces ser cada día un niño y hombre a la vez. Hace daño en un mundo donde ser feliz es cosa de locos, no de responsables y cuerdos. En cada nuevo viaje, en cada nuevo encuentro o en cada despedida, una parte de mi se queda, me hago trizas, me esfumo. Me convierto apenas en un fantasma, de pasos húmedos sobre las calles por haber bailado con el mar, dejo a mi paso migajas de lo que soy y de lo que fui. En Cádiz me sentí libre, conocí sus historias cuando cerré mis ojos frente al mar, vi de cerca morir a miles de indígenas, sentí ganas de llorar cuando el niño negrito fue obligado a rezarle a un dios que nunca conoció, sentí en mis venas la pasión de los pescadores, de los marineros. En esta ciudad todo es una historia, algunas te hacen llorar, otras te hacen cerrar los ojos y desear escuchar el mar y el viento una vez más. Cádiz, más que cualquier otra cosa, es libertad.
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